Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza
Yo, Don Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza.
Marqués del Zenete. Castillo de La Calahorra, junio de 1512
He llegado. No como quien ocupa un lugar, sino como quien culmina una vida. Hoy piso estas rocas del Zenete sabiendo que nada de lo vivido fue casual; cada paso, cada caída, cada encierro, cada viaje y cada silencio me han conducido hasta aquí. Mi propio nombre, Díaz de Vivar, fue un mandato de mi padre para hundir mis raíces en la genealogía del Cid Campeador, y este castillo hoy se alza como testigo de todo lo que fui y de todo lo que he vencido.
Nací en el año 1466 en la ermita de Sancta María de Atocha, a las afueras de la Villa de Madrid, fruto del amor prohibido entre Pedro González de Mendoza y doña Mencía de Lemos, una dama de la nobleza gallega descrita por su gran hermosura y brío. Crecí siendo “un bello pecado”, como me definió la propia reina Isabel, y fui educado en la corte como paje del príncipe don Juan. Allí aprendí el delicado equilibrio entre los libros, las armas y la música de mi arpa, instrumento que he cultivado con pasión toda mi vida, sabiendo que el poder no se improvisa y que un nombre solo vale si se sostiene con hechos y con la distinción de un caballero que sabe vestir y comportarse con gracia.
Muy joven dejé atrás la seguridad de la niñez y entré en el mundo por el camino más duro: la guerra. Desde 1484, cuando acompañé por primera vez a mi padre en el frente, participé activamente en las campañas de la conquista del Reino de Granada, combatiendo en Álora, Cártama, Setenil, Loja, Vélez y Málaga. Mi momento de mayor arrojo llegaría en los muros de Baza en 1489: allí, bajo una lluvia de ballestas y espingardas, vi caer el estandarte de mi padre y me lancé a recuperarlo, continuando la pelea tras recibir un nuevo caballo de manos de Bernal de Mata. Finalmente, fui testigo directo de la toma de Granada aquel 2 de enero de 1492. El fruto de aquel esfuerzo llegó pronto: el 30 de marzo de 1490 las tierras del Zenete quedaron vinculadas a mi linaje, y el 3 de marzo de 1491 fui reconocido oficialmente como primer Marqués del Zenete.
Sin embargo, el destino no tardó en ponerme a prueba. En 1492 contraje matrimonio con Leonor de la Cerda sin licencia real, una rebeldía que me enfrentó a la Corona y por la que fui excomulgado, perseguido y castigado. El golpe más duro llegó en enero de 1495 con la muerte de mi padre; sin el Gran Cardenal para protegerme de la ira de los Reyes, comprendí que estaba solo ante la historia, y en 1497, la muerte de Leonor puso fin a aquel episodio doloroso, dejándome una lección amarga: que el poder también se paga en soledad. Fue entonces, en 1498, cuando abandoné Castilla y miré hacia Italia, descubriendo un mundo de ciudades de mármol y palacios que hablaban de orden y eternidad. Allí comprendí que el poder no solo se impone con la espada, sino que se representa con la belleza.
De regreso a la Península, mi vida volvió a cruzarse con el conflicto cuando en 1502 me uní a María de Fonseca y Toledo, nuevamente sin consentimiento real. El castigo fue inmediato: prisión en el castillo de La Mota. Pero tras la muerte de la reina Isabel en 1504, el tablero político cambió, y fue en 1506 cuando el rey Fernando ratificó finalmente mi marquesado y mis privilegios, sellando definitivamente mi legitimidad. Libre y ratificado, el Zenete necesitaba un símbolo, un lugar que afirmara mi autoridad; así, tras el nacimiento de mi hija Mencía en 1508, inicié en 1509 las obras de este castillo. Cada piedra fue una declaración: este no sería un castillo cualquiera.
Durante años, la obra creció entre esfuerzo y silencio, con manos moriscas y cristianas trabajando juntas para levantar muros que desafían al tiempo, uniendo la tradición guerrera de Castilla con la armonía aprendida en Italia. Para dar forma a esa visión confié el trazado y la proporción de la fortaleza a los mejores maestros de mi tiempo: primero a Lorenzo Vázquez de Segovia, uno de los introductores del nuevo lenguaje del Renacimiento en Castilla, y después a Michele Carlone, maestro lombardo del mármol y la medida, capaz de traducir en piedra todo cuanto yo había aprendido en las tierras italianas. Bajo su saber, este castillo dejó de ser solo defensa para convertirse en orden, equilibrio y belleza; en fuerza contenida y silencio eterno.
Y hoy, en este junio de 1512, cruzo por fin sus puertas acompañado de mi esposa María y de mi hija Mencía. El castillo es ya habitable, vivido y real; desde esta colina contemplo el Zenete entero bajo la gran cordillera nevada, sabiendo que he dado forma visible a mi vida. He gobernado hombres, villas y voluntades; he conocido el honor y el castigo, el amor y el encierro, la guerra y el arte. Yo soy Don Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza, primer Marqués del Zenete, y este castillo no es solo mi morada: es mi nombre escrito para el tiempo.
Don Rodrigo, Señor del Zenete
