María de Fonseca
Yo, María de Fonseca y Toledo desde el Patio de las Damas.
Castillo de La Calahorra, noviembre de 1517
En este patio de mi castillo, conocido como Patio de las Damas, rodeado de arcos serenos y abierto al cielo del Zenete, me detengo a hablaros… con la voz del tiempo, con la certeza de quien ha amado y observado. Aquí conversamos las mujeres de la corte, tomamos el sol de invierno, y dejamos que el silencio nos cuente lo que las crónicas callan.
Nací en 1488, hija del linaje de los Fonseca y Toledo. No vengo de casas pequeñas ni de nombres olvidados. Desde niña supe que el deber, la nobleza y la fe serían mis pilares. Y también el amor.
Conocí a don Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza en la ciudad de Granada , tras años de rumores y pasiones apagadas . Él ya era un hombre probado por la vida, por el escándalo y por el castigo. Su primer matrimonio con doña Leonor de la Cerda, en 1492, rodeado de tensiones políticas y vigilado de cerca por la Corona, lo llevó a enfrentarse a un tiempo de severas consecuencias. Fue excomulgado, perseguido y encarcelado, y aquel amor prohibido se cerró con la muerte de Leonor en 1497, tras apenas cinco años de unión. No dejaron hijos.
En 1502, Rodrigo y yo nos casamos. Un matrimonio sereno, aunque no aceptado en un primer momento por la reina Isabel. Como castigo, mi esposo fue encerrado en el castillo de La Mota, donde permaneció dos años, hasta que la reina murió el 26 de noviembre de 1504. Fue entonces cuando el rey Fernando, más clemente, nos reconoció como esposos legítimos, y pudimos salir por fin de la sombra.
Vivimos durante un tiempo en Granada, en una casa sobria y luminosa, mientras el castillo que ahora habito se levantaba sobre estas rocas del Zenete. Lo vi alzarse día tras día, entre 1509 y 1512, con sus muros firmes, sus torres esbeltas, su capilla secreta y sus patios abiertos al horizonte. Cuando finalmente estuvo preparado, en 1512, vine a habitarlo con toda la corte. Llegamos con sirvientes, músicos, cocineros, damas y escoltas. Éramos más de cien almas subiendo esta colina, entre cántaros, libros y rosarios. Yo tenía 24 años. Él, 46.
En nuestros primeros años de unión nació nuestra hija Mencía, el 30 de noviembre de 1508, aún en Granada, antes de venir a vivir a esta fortaleza. Era un tiempo de espera y de obras. Mi pequeña crece con buen juicio y dulzura.
Y es aquí, viviendo en este castillo, donde el pasado año, el 10 de agosto de 1516, disfruté de la dulce llegada de María. Esa criatura luminosa ha llegado al mundo entre estas piedras rojizas y es, en verdad, hija de este castillo, de su paz, de sus galerías, de sus torres.
Sus primeros pasos los da entre columnas y corredores, y su risa resuena cada mañana por este Patio de las Damas.
Este castillo no es solo una obra de piedra. Es mi refugio , mi lugar, mi fortaleza interior. Aquí resido, aquí me reconozco. Escucho el murmullo del agua, ordeno, escribo, cuido de mis hijas y de lo que ha de permanecer. Cada rincón guarda memoria y sentido.
Y así concluyo estas palabras, sentada al abrigo del sol otoñal.
Si algún día callo, que no se borre mi nombre de estos muros.
Y si alguien vuelve a pasar por este patio, que imagine mi voz ,
y la de María, mi hija pequeña, gateando bajo los arcos ,dejando en cada paso la promesa de que aquí se vivió, se amó y se resistió.
Yo soy María de Fonseca y Toledo,
y este castillo forma parte de mí
como yo formo ya parte de él.
