Michele Carlone

Yo, Michele Carlone, frente a la Sala de las Bóvedas

Castillo de La Calahorra, primavera de 1512

“Me llamo Michele Carlone. Estoy ante vosotros en esta primavera de 1512 , cuando mis manos se despiden de la piedra y entrego lo que he construido. Este lugar, en las alturas del Reino de Granada—ahora integrado en la Corona de Castilla—, ha sido durante dos años mi hogar de trabajo, de diseño y de silencios.”

“Nací en el año del Señor de 1480, en Carrara, donde la piedra nace blanca como la leche y dura como la gloria. Desde muy joven fui entregado al taller de escultura de mi tío en Génova, donde tallé mis primeras cornisas entre los ecos del mar y la sombra de los frescos. Después trabajé en Turín y en la región de Piamonte, participando en las obras del altar de San Domenico en Asti, y colaboré —siendo aún mozo— en la decoración de la catedral de San Lorenzo en Génova, y más tarde, en el baptisterio del Duomo de Turín. En estas obras aprendí no solo a manejar el cincel, sino también a pensar en mármol.”

“Fue en la primavera de 1506 cuando conocí al Marqués don Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza. Él viajaba por tierras italianas en busca de inspiración, con ojos curiosos y espíritu de mecenas. En una reunión de artistas en Génova, hablamos largamente sobre la armonía de Vitruvio, la luz en Brunelleschi , y la razón divina que gobierna las proporciones. Me habló entonces de un proyecto que estaba germinando en su mente: levantar un palacio en las colinas del Reino de Granada, en lo alto de una villa llamada La Calahorra. Aún no tenía planos, ni fecha… solo un sueño que buscaba forma.

«Venid conmigo algún día, maestro Carlone —me dijo el Marqués don Rodrigo con tono grave—. Si llega el momento, os haré llamar. En lo alto de una colina majestuosa, construiremos un palacio como nunca se ha visto en Castilla. Será el espejo de mi linaje, el trono de mi legado.»

No supe entonces que ese sueño se convertiría también en el mío.”

“En el año 1509 comenzó la obra de este castillo. Fue el ilustre maestro Lorenzo Vázquez de Segovia quien dirigió las primeras fases desde diciembre de 1508, alzando las murallas, torreones y estructura defensiva . Su experiencia en las casas nobiliarias de Castilla, y en las obras y encargos del linaje Mendoza en Guadalajara y en el Colegio de Santa Cruz de Valladolid, eran garantía de nobleza y rigor. Mi respeto hacia él es sincero y profundo. Sin embargo, en algún punto del camino —que no me corresponde a mí desvelar— surgieron ciertas diferencias entre su visión y la del Marqués. Yo fui llamado, discretamente, en el verano de 1509. Quizá vuestro castillo os lo cuente algún día con más detalle.”

“Llegué a estas tierras del Reino de Granada, ya bajo mandato castellano, a finales de aquel año. Tenía entonces veintinueve años. Traje conmigo no solo planos, sino también piedra y símbolos. Porque mis manos no solo construyen, también hablan. Introduje columnas jónicas y frisos vegetales. Llené los techos de casetones geométricos, porque la armonía es una forma de plegaria. Inspirado por los antiguos, quise que los muros hablaran con voz latina: de Apolo y Atenea, de las virtudes del saber y la luz.”

“En la decoración dejé rastros del mundo clásico: ménsulas que susurran nombres de dioses, bajorrelieves con frutos de la abundancia, y símbolos como la abeja —mi humilde firma—, que representa labor y constancia. Quien la encuentre, sabrá que por aquí pasó un hijo del mármol.”

“En estos dos años he vivido entre andamios, polvo y albor de ideas. He trazado la escalera que comunica los sueños con la tierra. He pulido con mis manos la puerta que ahora tengo detrás: la entrada a la Sala de las Bóvedas, donde el cielo parece haberse quedado atrapado entre arcos.”

“Hoy, en esta primavera de 1512 , me despido. Aunque aún quedan unos retoques por concluir, el castillo ya se alza completo a mis ojos. Yo no alcé los muros; eso fue obra de Vázquez. Pero he vestido esta fortaleza con túnicas de arte. He hecho del frío granito un templo de belleza. Me voy con la certeza de haber cumplido.”

“Soy Michele Carlone. Y aquí dejo mi alma tallada en piedra.”

La Calahorra, primavera de 1512